Francia respondió con toques de queda parciales a una crisis que dejó cerca de 2.400 detenidos y miles de comercios afectados. Pero el estallido ocurre después de semanas de reclamos por las condiciones educativas, el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos. En distintos países, una pregunta empieza a imponerse: ¿hasta cuándo puede exigírsele a la sociedad que resista mientras quienes gobiernan postergan sus necesidades?
El límite no aparece de un día para otro
La crisis francesa no nació durante un fin de semana. Las movilizaciones estudiantiles por las condiciones de las escuelas se ampliaron hacia un malestar más profundo: salarios que no alcanzan, servicios públicos debilitados y una vida cada vez más difícil de sostener. La respuesta del Gobierno fue anunciar restricciones nocturnas localizadas, mientras crecen las críticas por las fallas de previsión y la falta de respuestas políticas.
Pero hay otra forma de hablar de violencia que rara vez ocupa el centro de los discursos oficiales: la de una familia que no puede llenar la heladera, la de un trabajador que necesita endeudarse para comprar comida o la de un científico que, después de años de formación, no logra llegar a fin de mes. También hay un daño profundo cuando estudiar, acceder a una vivienda o recibir atención médica se convierten en privilegios en lugar de derechos efectivos.
Cuando las necesidades básicas se vuelven inalcanzables, el malestar no puede tratarse únicamente como un problema de orden público. También obliga a preguntar qué decisiones llevaron a tantas personas a sentir que sus reclamos no encuentran respuestas.
Una misma tensión atraviesa distintos países
En octubre, Francia, Italia, Bélgica y Portugal registraron movilizaciones relacionadas con el costo de vida. En España, las dificultades para acceder a una vivienda y el aumento de los alquileres también alimentaron el descontento. Las situaciones son distintas, pero se repiten las preocupaciones por los ingresos, la educación, la vivienda y el futuro de las generaciones más jóvenes.
Varios de estos países están gobernados por fuerzas conservadoras o de centroderecha, como Italia y Portugal. Francia tiene un gobierno de orientación centrista y liberal, mientras que España está gobernada por el socialista Pedro Sánchez. Por eso, no sería preciso atribuir toda esta ola a una sola ideología. Lo que sí permite observar es una crisis de respuestas políticas frente a problemas materiales que se acumulan.
Los gobiernos no son dueños del poder
Quienes ocupan cargos públicos no son propietarios del Estado: administran responsabilidades que les fueron confiadas. Su obligación no se agota en controlar las calles, aprobar presupuestos o anunciar indicadores económicos. También deben garantizar condiciones de vida dignas y responder por las consecuencias de sus decisiones.
Cuando una sociedad siente que trabaja más para vivir peor, que sus derechos pierden contenido y que las autoridades están cada vez más lejos de su realidad, la confianza institucional se deteriora. Las medidas de seguridad pueden contener una emergencia, pero no reemplazan las políticas que atienden sus causas.
El reclamo de fondo es político: el poder público debe recordar para quién gobierna. No alcanza con pedir paciencia indefinidamente a quienes ya están haciendo enormes esfuerzos para sobrevivir. Escuchar antes de que la desesperación se convierta en una crisis mayor no es una concesión de los gobiernos; es parte de su responsabilidad democrática.