Las mujeres también pueden sufrir un infarto con dolor intenso en el pecho, pero tienen más probabilidades de presentar síntomas adicionales que pueden confundirse con cansancio, indigestión o ansiedad. La investigación médica reconoce que existen diferencias biológicas y también desigualdades en la detección y el tratamiento. La pregunta es cuánto influyó una medicina que durante décadas tomó al cuerpo masculino como referencia.
1. ¿Cómo puede manifestarse un infarto en una mujer?
Dolor o presión en el pecho

Puede sentirse como opresión, peso, ardor o incomodidad. Es el síntoma más frecuente tanto en mujeres como en hombres, aunque no siempre aparece de forma intensa ni es la primera señal.
Dolor en la espalda, mandíbula, cuello u hombros

Puede aparecer en una o ambas extremidades superiores, en la espalda o en la mandíbula, incluso sin un dolor de pecho evidente.
Falta de aire y agotamiento inusual

Algunas mujeres experimentan una fatiga intensa o una debilidad que no se corresponde con el esfuerzo realizado. También puede haber falta de aire sin dolor torácico.
Náuseas, sudor frío, mareos o malestar estomacal

Estos síntomas pueden confundirse con problemas digestivos, estrés o una indisposición pasajera. Esa confusión puede retrasar la consulta.
Estas diferencias no significan que exista un infarto exclusivamente femenino. Los síntomas se superponen y varían entre personas. La Asociación Estadounidense del Corazón y el Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre advierten que los síntomas menos reconocidos también pueden indicar una emergencia cardíaca.
Importante: ante una presión o dolor en el pecho, falta de aire repentina, sudor frío, desmayo o una combinación inusual de estos síntomas, especialmente si son nuevos o intensos, hay que llamar a emergencias de inmediato. No esperes a que aparezca el dolor típico ni conduzcas vos misma al hospital. La evaluación médica es urgente incluso si no estás segura de que sea un infarto.
2. ¿Por qué tardamos tanto en reconocer estas señales?

Una parte del problema está en cómo aprendimos a imaginar un infarto: un hombre que se lleva la mano al pecho, siente un dolor insoportable y cae al suelo. Esa imagen existe en la cultura popular, las campañas de prevención y buena parte de la comunicación sanitaria.
El problema no es que esa representación sea falsa, sino que resulta incompleta.
Si una mujer siente náuseas, agotamiento y dolor en la espalda, puede no asociarlo con el corazón. Y si consulta, esos síntomas pueden atribuirse inicialmente a estrés, ansiedad o problemas digestivos. No sucede en todos los casos, pero la evidencia documenta retrasos y dificultades de diagnóstico que afectan de manera desproporcionada a las mujeres.
Un estudio de cohorte publicado en Journal of the American Heart Association encontró que, entre las personas cuyo infarto no había sido reconocido, la proporción fue del 30 % en mujeres y del 16 % en hombres. Es un resultado de esa población estudiada, no una cifra universal, pero muestra la dimensión que puede alcanzar el problema.
3. ¿La medicina se construyó alrededor del cuerpo masculino?
La pregunta tiene fundamento histórico. Durante mucho tiempo, las mujeres estuvieron insuficientemente representadas en distintas investigaciones clínicas, y los resultados obtenidos en hombres se extrapolaron a ellas sin analizar siempre las diferencias biológicas.
En cardiología, eso tuvo consecuencias: se consolidaron modelos de reconocimiento de síntomas y evaluación del riesgo que no siempre contemplaban adecuadamente las manifestaciones más frecuentes en mujeres. Además, existen diferencias biológicas reales en los mecanismos que pueden causar un infarto, por lo que no alcanza con estudiar un solo patrón de enfermedad.
Esto no significa que toda la medicina ignore a las mujeres ni que los profesionales actúen deliberadamente contra ellas. Hoy existen guías específicas y una mayor conciencia del problema. Sin embargo, una revisión sistemática publicada en JAMA Network Open en 2025 encontró que las mujeres seguían representando una proporción insuficiente de participantes en diversos ensayos cardiovasculares, con diferencias según el tipo de enfermedad estudiada.
4. ¿Podemos decir que la comunicación médica priorizó a un género?
Sí, es razonable afirmar que la comunicación y la investigación médica han tenido un sesgo histórico hacia el modelo masculino. Pero conviene distinguir dos cuestiones: la evidencia sobre diferencias biológicas entre sexos y las desigualdades sociales y culturales que influyen en quién es escuchado, estudiado y diagnosticado.
Cuando los síntomas masculinos se presentan como el patrón universal y los de las mujeres se describen como «atípicos», el mensaje implícito es que el cuerpo de ellas se desvía de la norma. Sin embargo, para millones de mujeres, esas manifestaciones no son excepcionales: son su manera de experimentar una emergencia cardíaca.
La desigualdad también se reproduce cuando una mujer minimiza lo que siente porque debe seguir cuidando a sus hijos, trabajar o atender otras responsabilidades; o cuando teme que su malestar sea interpretado como ansiedad. La responsabilidad no recae solamente en ellas: las campañas públicas, los protocolos hospitalarios y la formación profesional también deben contemplar esa realidad.
La información también puede salvar vidas
El infarto es una de las principales causas de muerte en mujeres. Que sus síntomas se reconozcan tarde no es un detalle menor: puede significar perder tiempo valioso para recibir tratamiento.
La solución no consiste en reemplazar un modelo masculino por uno femenino, sino en dejar de tratar uno de ellos como universal. La medicina necesita estudiar mejor las diferencias, incluir a las mujeres en la investigación y comunicar los síntomas de manera que todas las personas puedan reconocerse en esa información.
Una campaña que muestra únicamente el infarto clásico puede ser correcta y, al mismo tiempo, dejar afuera a quienes más necesitan identificarlo. Informar con perspectiva de sexo y género no es una cuestión de corrección política: es una forma de mejorar la detección, reducir demoras y salvar vidas
