La violencia también se aprende: por qué las escuelas y las familias necesitan actualizarse frente al daño digital

La violencia también se aprende: por qué las escuelas y las familias necesitan actualizarse frente al daño digital

La creación de desnudos falsos con inteligencia artificial, los memes humillantes y la difusión de contenido sexual entre adolescentes exponen una realidad que ya llegó a las aulas. Frente a estas prácticas, la educación emocional, la Educación Sexual Integral (ESI) y la alfabetización digital no pueden quedar relegadas: reconocer el daño, prevenirlo y saber cómo actuar también es parte de educar.

Cuando la humillación se convierte en entretenimiento

La difusión de imágenes sexualizadas creadas con inteligencia artificial y de contenidos destinados a ridiculizar a compañeras y compañeros encendió alertas en distintas instituciones educativas argentinas. En algunos casos, las imágenes falsas se compartieron en grupos de mensajería e incluso se comercializaron.

Un informe de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, realizado con 912 estudiantes de entre 12 y 19 años, reveló que el 13% conocía casos de imágenes manipuladas con IA en su entorno escolar y el 43% había recibido imágenes o videos editados con esta tecnología. Además, el 82% reconoció efectos negativos de la violencia digital sobre la salud mental.

Detrás de un meme, un montaje o un reenvío puede haber vergüenza, aislamiento, miedo, depresión y una pérdida profunda de confianza. Que el contenido sea falso no vuelve ficticio el sufrimiento de quien queda expuesto. Y que quienes lo producen sean adolescentes no elimina la necesidad de intervenir: vuelve todavía más urgente educar, establecer límites y asumir responsabilidades.

Educación emocional, ESI y ciudadanía digital

La escuela necesita herramientas actualizadas para abordar situaciones que evolucionan más rápido que los programas educativos. La ESI, la prevención del bullying y la educación emocional deben ayudar a comprender el consentimiento, el respeto por el cuerpo y la intimidad, la empatía, la resolución de conflictos y las consecuencias de ejercer violencia sobre otras personas.

A eso se suma la alfabetización digital: aprender que una imagen puede manipularse, que compartir contenido también puede ampliar el daño y que las plataformas no están fuera de las reglas de convivencia y de los derechos humanos.

No alcanza con advertirles a los jóvenes que tengan cuidado en internet. También necesitan aprender a reconocer una situación de abuso, pedir ayuda, acompañar a quien está siendo atacado y comprender por qué no deben participar de una humillación colectiva. La prevención tiene que ser sostenida, adecuada a cada edad y acompañada por docentes capacitados y protocolos claros.

Los adultos también tienen responsabilidad

La violencia entre adolescentes no se desarrolla en el vacío. Se alimenta de modelos culturales que normalizan la humillación, de discursos que desprecian la vulnerabilidad y de entornos donde la crueldad puede convertirse en una forma de obtener reconocimiento.

Cuando una familia, una institución o un adulto celebra una agresión, la minimiza como una broma o decide ignorarla pese a conocer su gravedad, contribuye a que esa conducta se naturalice. La responsabilidad adulta también consiste en poner límites, intervenir a tiempo y enseñar con el ejemplo.

Eso no significa responsabilizar automáticamente a las familias por cada conducta de sus hijos, sino reconocer que acompañar y educar exige involucrarse. La escuela, las familias, el Estado y las plataformas tienen obligaciones diferentes, pero complementarias.

Prevenir antes de que el daño sea irreversible

En septiembre, UNICEF y el Ministerio de Justicia de la Nación presentaron la guía Cuando las pantallas hablan, con orientaciones para reconocer y abordar el ciberacoso, el grooming y la difusión no consentida de imágenes. La iniciativa refleja una necesidad concreta: contar con herramientas accesibles para saber cómo actuar ante la violencia digital.

Cuando el daño ya ocurrió, hay que escuchar a la víctima sin culpabilizarla, evitar que el material siga circulando, conservar la evidencia sin volver a difundirla y buscar asistencia especializada. Pero la respuesta no puede empezar recién después de una denuncia o de una crisis de salud mental.

Educar también es enseñar a reconocer el daño antes de causarlo. Si queremos que los jóvenes construyan vínculos más sanos, no podemos exigirles responsabilidad mientras los adultos relativizan la violencia, ni esperar que una sanción repare por sí sola lo que la falta de conciencia permitió destruir. La actualización educativa no es un lujo ni una agenda secundaria: es una condición para proteger derechos y convivir en una sociedad donde la tecnología avanza, pero el respeto por los demás no puede quedar atrás.

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