Durante más de un siglo permaneció lejos del lugar donde había sido sepultado. Su cuerpo fue retirado del Nevado de Chañi a comienzos del siglo XX para integrar una colección científica, como ocurrió con cientos de restos humanos indígenas en una época en la que los pueblos originarios eran estudiados como objetos y no reconocidos como sujetos de derechos. Esta semana, esa historia comenzó a repararse: el llamado «Niño del Chañi» fue restituido a las comunidades indígenas de la Puna para regresar al territorio que siempre consideraron suyo.
La restitución no representa solamente el traslado de restos arqueológicos. Para las comunidades originarias, se trata del regreso de un ancestro, de un protector del territorio y de una parte de su memoria colectiva. La ceremonia, realizada en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti, estuvo cargada de emoción, cantos, hojas de coca y símbolos ancestrales que marcaron un momento de profunda reparación espiritual e histórica.
Durante décadas, los museos occidentales reunieron cuerpos indígenas bajo la lógica de la investigación científica, muchas veces sin consentimiento y desconociendo el significado cultural y religioso que esos restos tienen para las comunidades. Hoy, ese paradigma comienza a cambiar. La restitución del ancestro del Chañi refleja una transformación en la forma de entender el patrimonio: los restos humanos no son piezas de exhibición ni objetos de estudio permanente, sino personas que forman parte de una historia y de un pueblo que sigue vivo.
El proceso fue impulsado por comunidades originarias de Jujuy que sostuvieron durante años el reclamo para recuperar a quien consideran uno de sus ancestros. Su regreso también simboliza el reconocimiento de una deuda histórica con los pueblos indígenas, cuyas voces fueron durante mucho tiempo invisibilizadas mientras sus territorios, sus culturas e incluso los cuerpos de sus antepasados eran apropiados por instituciones estatales y académicas.
La restitución invita además a revisar la historia argentina desde otra perspectiva. No se trata de cuestionar el valor del conocimiento científico, sino de reconocer que durante muchos años ese conocimiento avanzó sin contemplar los derechos, las creencias y la dignidad de quienes habitaban estos territorios mucho antes de la conformación del Estado nacional. La ciencia y el respeto por las comunidades no son caminos opuestos: pueden y deben convivir.
Más de un siglo después, el regreso del ancestro al Nevado de Chañi deja una enseñanza que trasciende a una sola comunidad. Hay heridas que el tiempo no borra, pero que pueden empezar a sanar cuando existe memoria, reconocimiento y voluntad de reparar. Porque devolver un cuerpo a su tierra también es devolver parte de la historia a quienes nunca dejaron de considerarlo uno de los suyos.