Las apuestas online dejaron de ser un simple entretenimiento para convertirse en una de las principales preocupaciones en materia de salud mental entre adolescentes y jóvenes. Investigaciones científicas advierten que el crecimiento de las plataformas de juego está generando nuevas formas de consumo problemático, mientras que en Salta una reciente polémica volvió a poner el foco sobre el papel que deben asumir las instituciones públicas frente a este fenómeno.

Imagen extraida de QuePasaSalta
La evidencia científica ya no deja lugar a dudas
Especialistas del CONICET sostienen que la ludopatía es una adicción conductual que activa los mismos circuitos cerebrales vinculados con otras dependencias, afectando la recompensa, la motivación y el control de los impulsos. A diferencia de años atrás, el problema ya no está asociado únicamente a los casinos o salas de juego: hoy el acceso es permanente, inmediato y se encuentra disponible desde cualquier teléfono celular.
Los investigadores también señalan que muchos adolescentes no perciben las apuestas como un riesgo, sino como una forma de diversión, socialización o incluso una posibilidad rápida de obtener dinero. Esa naturalización aumenta la exposición y dificulta que el problema sea identificado a tiempo.

La publicidad también educa
Si las apuestas forman parte de la vida cotidiana de los jóvenes, no es solamente por la existencia de plataformas digitales. La publicidad, los eventos deportivos y las redes sociales contribuyeron durante años a instalar el juego online como una práctica normal e incluso aspiracional.
Por eso, numerosos especialistas sostienen que la prevención no puede limitarse a campañas educativas. También requiere revisar los mensajes que circulan en los espacios públicos y el rol que cumplen las instituciones en la difusión de este tipo de actividades.
La contradicción que abrió el debate en Salta
En ese contexto surgieron cuestionamientos hacia SAETA por la utilización de espacios publicitarios vinculados a plataformas de apuestas o mensajes relacionados con el juego, una situación que generó críticas debido al alcance masivo que tiene el transporte público, utilizado diariamente por miles de adolescentes y estudiantes.
La discusión trasciende una campaña puntual. Cuando un organismo o una empresa con fuerte presencia social difunde este tipo de publicidad, aparece una contradicción evidente entre los discursos de prevención y las prácticas que terminan otorgando visibilidad a una actividad reconocida como potencialmente adictiva.
La responsabilidad social también alcanza a las empresas públicas
Las empresas que prestan servicios públicos no solo transportan pasajeros. También construyen mensajes, ocupan espacios urbanos y forman parte de la vida cotidiana de la comunidad.
Por esa razón, distintas voces plantean que la responsabilidad social debería ser un criterio central al momento de definir qué contenidos se promocionan. Así como existen restricciones para la publicidad de otros consumos con impacto sanitario, las apuestas online comienzan a ingresar en ese mismo debate por sus consecuencias sobre la salud mental, especialmente en menores de edad.

Prevenir requiere coherencia
La prevención de la ludopatía no depende únicamente de las familias o de las escuelas. También involucra al Estado, a las empresas, a los medios de comunicación y a todas las instituciones que tienen capacidad de influir sobre las conductas sociales.
Resulta difícil construir conciencia sobre los riesgos del juego compulsivo cuando, al mismo tiempo, las apuestas aparecen normalizadas en espacios públicos, eventos deportivos y soportes publicitarios de amplia circulación.
Un problema que ya no puede minimizarse
La ludopatía juvenil dejó de ser una preocupación aislada para transformarse en un desafío de salud pública. Los estudios científicos muestran que el contacto con las apuestas comienza cada vez a edades más tempranas y que sus consecuencias alcanzan el rendimiento escolar, la economía familiar, la salud mental y los vínculos sociales.
Frente a ese escenario, la discusión no debería centrarse únicamente en quién financia una campaña publicitaria, sino en el mensaje que una sociedad decide transmitir a sus jóvenes. Si el objetivo es prevenir una adicción que crece de manera sostenida, las políticas públicas y las acciones de las instituciones deberán avanzar en una misma dirección: proteger antes que promover.