Durante agosto, mes dedicado a la Pachamama, mujeres de comunidades originarias de la Puna jujeña emprendieron una extensa caminata desde la zona de Laguna de Pozuelos hacia Buenos Aires para visibilizar una problemática que trasciende las fronteras de Jujuy: la defensa del agua, de la tierra y de los territorios ancestrales frente al avance de actividades extractivas.
La movilización, conocida como Caminata de Warmis – Mujeres del Kollasuyu en defensa de la Pachamama, atravesó distintas localidades y llegó también a Salta. Las comunidades denunciaron contaminación de fuentes de agua, afectación ambiental, pérdida de biodiversidad y vulneraciones de derechos indígenas.
La tierra no comenzó con los papeles
Detrás de esta protesta existe una discusión mucho más profunda: ¿quién tiene derecho sobre un territorio?
Durante siglos, los pueblos originarios habitaron, cuidaron y construyeron sus formas de vida en estas tierras mucho antes de la creación de los Estados modernos y de la existencia de títulos de propiedad individuales.
Por eso, hablar de territorio indígena no significa solamente hablar de una superficie delimitada en un mapa. Significa hablar de identidad, cultura, memoria, espiritualidad, comunidades y formas de vida que fueron transmitidas durante generaciones.
Cuando la tierra se convierte solamente en un recurso
Las Warmis cuestionan especialmente el avance de la minería a gran escala y el uso intensivo de los bienes naturales. Su reclamo apunta a una lógica en la que el agua, los minerales y la tierra son considerados principalmente recursos económicos disponibles para ser explotados.
La preocupación no es abstracta. Las comunidades denuncian afectaciones sobre las fuentes de agua dulce y sobre ecosistemas de los que dependen numerosas familias.
Y ahí aparece una pregunta que debería interpelar a toda la sociedad: ¿qué sucede cuando el beneficio económico de una actividad queda en manos de unos pocos, pero las consecuencias ambientales permanecen durante generaciones en el territorio?
Los verdaderos dueños de una historia que todavía está viva
Decir que los pueblos originarios son los verdaderos dueños de estas tierras requiere entender la expresión no solamente desde la propiedad jurídica, sino desde una historia de pertenencia y ocupación ancestral que precede a la organización territorial contemporánea.
La Constitución argentina reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas y sus derechos sobre las tierras que tradicionalmente ocupan. Por eso, cualquier discusión sobre el futuro de esos territorios debería incorporar necesariamente la voz de quienes los habitan y poseen una relación ancestral con ellos.
No puede haber desarrollo sostenible si quienes viven en el territorio son considerados un obstáculo para el desarrollo.
No es solamente una protesta ambiental
La caminata también pone en discusión el modelo de país que queremos construir.
Porque defender el agua no es estar contra el progreso. Defender una comunidad no es estar contra la inversión. Defender un territorio no significa rechazar cualquier actividad económica.
El verdadero debate debería ser qué se produce, para quién, bajo qué condiciones, con qué controles y quién asume las consecuencias cuando el ambiente resulta dañado.
Las comunidades que participaron de la movilización también denunciaron desalojos, vulneraciones de derechos y falta de respuestas institucionales. En su paso por Jujuy reclamaron ser recibidas por las autoridades y llevaron sus demandas a organismos provinciales y legislativos.
La Pachamama como memoria y futuro
La fuerza de esta caminata está también en su mensaje cultural. Las Warmis no hablan únicamente desde el presente: hablan desde una memoria ancestral que entiende a la tierra como parte de la vida y no como una mercancía.
En tiempos donde grandes inversiones buscan avanzar sobre territorios considerados estratégicos, escuchar a los pueblos originarios debería ser una obligación democrática y no un gesto simbólico.
Porque quizás la pregunta más urgente no sea cuánto vale una hectárea, cuánto mineral puede extraerse o cuánto dinero puede generar un proyecto.
Quizás debamos preguntarnos cuánto vale el agua, cuánto vale una comunidad y cuánto vale un territorio que, una vez destruido, ninguna inversión podrá devolver.
La caminata de las Warmis deja justamente esa enseñanza: la tierra no es solamente aquello que podemos comprar, vender o explotar. También es aquello que heredamos, habitamos y tenemos la responsabilidad de dejar vivo para quienes vienen después.